Oh… ¿qué es esto? ¿Qué está ocurriendo? ¿Alguien entró al blog de Allo y se puso a escribir?
¿No? ¿Es Allo en realidad el que está escribiendo; no es que lo había abandonado?
Ahhh…mirá vos! Es que no entraba porque estaba ocupado…claro…
Se preguntará el lector a qué se debe esta introducción, aunque más se preguntará a que se debe mi regreso a este sitio. ¿Será para sacar telarañas de las paredes virtuales? ¿Para ver si algún hacker está interesado en quedarse con el blog? ¿Para ver si la propuesta de Google de comprarlo por 200 millones de dólares se había hecho efectiva al fin?
Vamos por partes, decía Jack el Destripador.
¿A qué se debe la introducción?
Pues claramente a que hace unos 5 meses que no me digno a volcar un par de palabras por acá. Justificativos hay de sobra, claro. Que la escritura de la tesis no me deja neuronas para otra cosa más que pensar en la tesis, comer y ver algún partido de futbol (encima ver a Boca estos días no es de lo más recomendable); que ella, mi media naranja, no está y la extrañó; que blabla; que patatín; que patatán; podría seguir, pero no tiene sentido. Creo que el punto se entendió, aunque está claro para todos los que leen esto, que en realidad no tenía ganas de hacerlo por colgado!
La introducción entonces, es una fantasía, un diálogo que hemos creado Don Carlos (mi amigo imaginario) y yo, para retomar, con un dejo de sarcasmo e inconformidad por mi larga ausencia, a escribir algo. Lo que nos lleva a la otra pregunta…
¿A qué se debe el regreso al sitio?
Y la respuesta es sencilla. Escribir. ¿Qué se puede hacer en un blog a parte de escribir cosas? El tema es sobre qué escribir.
Y como en general el título está relacionado con el cuerpo del mensaje (salvo en mi tesis, donde la incoordinación manda!!) tenía ganas de dedicarle unas palabras a la vida.
Ja!!! Que temita que agarraste, pensarán ustedes…
Y en cierta forma es cierto, valga la redundancia. Pero no voy a hablar de la vida en general, ya que los tópicos de discusión son prácticamente infinitos, sino del equilibrio, de cómo la vida se las arregla para seguir haciendo de las suyas. De cómo cuándo perdemos a alguien ganamos a otro o viceversa, de cómo extrañamente, pese a los intentos de nuestra especie para evitarlo, la vida se perpetúa, en un ciclo que nos brinda tristezas y alegrías y nos llena de emociones de todo tipo. Y el relato de hoy precisamente trata de alguien que se fue, y nos dejó un poco más solos, y de otra que vino, que apareció al fin y nos obsequió una brisa de frescura.
Él se fue sí, pero en realidad no lo hizo. ¿Cómo puede alguien irse pero no hacerlo? Puede porque nos llenó de recuerdos. Y cuando esos recuerdos son tan avasallantes, tan llenos de vida, pues logran que la muerte sea solo una barrera física, un “no va a estar ahí sentado en navidad”, pero va a estar ahí, en la boca de tal, en las lágrimas de cual, en un árbol, en la lluvia, en ese San Severino. Va a estar cuando alguien recite un poema, cuando se analice la palabra vivir. En cada cosecha y siembra, en cada puesta del sol, en cada reunión. El decidió que no quería irse nunca, y dedicó su vida a eso, a inmortalizarse en cada uno de los que lo amaron, quisieron o conocieron. Nos robó un poco de alegría el muy ladino, “tampoco es cuestión de regalarles nada” diría, en algún verso ingenioso. Y un día, a los 89 años, supuso que era hora de que crezcamos un poco solos, y como quien quiere la cosa, se fue. Rapidito, para que nadie lo sufra tanto, pero con esos pasos de alpargatas que curiosamente hacen ruido, y mucho. Y se escuchan, y se acercan, “porque tampoco es cuestión de que sientan que me fui para siempre” diría en una copla intrigante, es solo un descanso después de vivir 89 años sin parar. Si todavía quedan tantos discursos. Solo necesita que alguien los diga, para estar presente de nuevo; solo necesita que alguien se meta a juntar unos choclos para aparecer; solo necesita que alguien grite a las 8 de la mañana para recordarlo; solo necesita de nosotros, para que su recuerdo camine al ladito nuestro, para ver el amanecer. Buenos días tenga usted, Mario.
Ella vino, se hizo desear la muy zorrita. Nos hizo pasar un julepe importante. Pero ya se prendió a la teta y las ganas de vivir y crecer no se las saca nadie. También, con una madre así…bueno, está bien, algún mérito tendrá el padre. Vaya paradoja, todavía no la conozco, pero en cada aviso, cada novedad, iba entendiendo un poquito como es. Jodida al principio, mala, no quería saber nada de teta ni de comer ni de nada. Pero quería salir, tanto lo quería que grito y pataleo hasta que la sacaron. “Denme mi oxigeno che, igualdad para todos” diría entre berrinches y quejidos. Al fin y al cabo es hija de la Nati y el Nico. ¿Qué podíamos esperar? Así que despacito, de a poquito, nos va iluminando. Con ese fueguito, que si te descuidas se convierte en llama, y nos abraza y nos regocijamos, y nos alumbra, y nos muestra adonde caminar, aunque ella no sepa. Se hace camino al andar la Helena.
Dedicado a esas 2 personas mágicas. Mario y Helena.



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